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De "cualquier cosa", a programador.

A veces no caemos en la cuenta del potencial de saber escribir código. Antes, para crear algo, necesitábamos materiales, mano de obra, inversiones inmensas. Ahora, en el ecosistema digital, ya no es necesario. Con un cerebro, una computadora, y un editor de texto podemos crear una empresa de 780 billones de dólares.

De "cualquier cosa", a programador.
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Hola, soy Máximo Chalbaud, Ruby on Rails Developer en Comunidad Feliz y ésta es mi historia:

De "cualquier cosa", a programador.


"En Le Wagon no sólo se aprende a programar. Sino que también se reprograma la cabeza."

Educación

Experiencia laboral

Ese era mi currículum cuando entré a Le Wagon… Ah, sí, también escribí una obra de teatro que estuvo en Microteatro (sigo escribiendo) y tengo música subida en Spotify (sigo tocando). Esas dos siempre las pongo porque, creo yo, garpan (capaz me equivoco: que la historia me juzgue). Siempre quise agregar que era un freak de Wikipedia, pero nunca supe cómo meterlo en el CV. De hecho, lo acabo de decidir, lo voy a agregar. Es un dato importante.

Mi primer contacto con la programación fue cuando tenía 12 años, cuando hice el sitio web de mi camada (las camadas en mi colegio tenían un sitio web cuando se “egresaban” de primaria). No recuerdo cómo aprendí ni cuánto tardé, pero me acuerdo que la hice escribiendo HTML y CSS desde 0, en un programa ancestral conocido como Macromedia Dreamweaver (nota: lo acabo de googlear y parece que sigue existiendo, pero ahora se llama Adobe Dreamweaver y, como todo en el 2021, tiene un logo excesivamente minimalista… ¿será culpa de nosotros, los millenials?).

Sí, fue a los 12 años, muy temprano… Pero la historia se corta ahí. De lleno. Fundido a negro. La próxima línea de HTML (lo que vemos cuando entramos a una página web es, básicamente, HTML) que escribiera iba a venir 15 años después, mientras hacía el prepwork de Le Wagon. Miento: un par de meses antes de decidir anotarme hice un intento de curso de Python online del MIT, pero fracasé miserablemente, y luego otro de Microsoft que sí completé, pero no había luz al final del camino.

Fue cuando empecé a trabajar (por purísima casualidad) como Recruiter IT para startups de LATAM que volví a enamorarme del ambiente tecnológico. Pude ver muy de cerca cómo crecían exponencialmente startups muy pequeñas con productos y servicios muy originales y llevados adelante con mucha sangre, pasión, y sin recursos de sobra. Esa gente con la que interactuaba todos los días tenía bastante en común con los artistas. Y, como columna vertebral, siempre brillaban los programadores.

A veces no caemos en la cuenta del potencial de saber escribir código. Antes, para crear algo, necesitábamos materiales, mano de obra, inversiones inmensas. Y es que antes, ese “algo” era, invariablemente, algo tangible, físico, hecho de materiales, algo que podíamos tocar con nuestras manos. Pero ahora, en el ecosistema digital, ya no es necesario. Con un cerebro, una computadora, y un editor de texto podemos crear una empresa de 780 billones de dólares. Y, si no me creen, pregúntenle a este tipo.

Mi única duda a la hora de aprender programación a los 27 años era una muy común: ¿puedo obtener un empleo si mi competencia es gente que terminó Ciencias de la Computación, Ingeniería en Sistemas? Supongo que para dar una respuesta extensa, concreta, y bien justificada sobre este tema, habría que indagar en los planes de estudios, corroborar la exigencia académica, y analizar otros factores. Pero la respuesta rápida es: sí, se puede. Y sí, me pasó a mí y a todos los otros graduados de Le Wagon con los que tuve el placer de trabar amistad. ¿Y con tanta gente haciendo bootcamps de programación y estudiando por su cuenta, no va a colapsar el mercado? Esta respuesta también puede ser larga, y los invito a investigar al respecto, pero la respuesta también es afirmativa. Por último, otra pregunta podría ser: ¿y hay mucho trabajo para programadores?, la cual ni siquiera me voy a gastar en responder (si no saben la respuesta, entren 5 minutos a Linkedin, Glassdoor, o usen la eterna sabiduría de Google).

En Le Wagon no sólo se aprende a programar. Sino que también se reprograma la cabeza. Se “aprende a aprender”, esa frase que hoy en día ya es un cliché, pero que es real. Al menos yo, personalmente, tenía instaurado que para adquirir un conocimiento especializado nuevo en profundidad había que hacerlo en un ambiente universitario, sobre todo si es algo que implica el uso de lógica matemática u otros aspectos más "científicos". Aquello me parece absurdo hoy en día.

Si uno no aprende a aprender, es imposible que uno aprenda a programar (o al menos que uno sea un buen programador). Lo que se necesita, más allá de una buena base de sintaxis, lógica, y buenas prácticas, es algo que uno se lleva de Le Wagon: un mindset para afrontar cualquier problema from scratch. ¿Para la semana que viene tengo que entender cómo habla el compilador de lenguaje con la computadora? ¿Para mañana tengo que encontrar cuál es la llamada a base de datos que mejor performance tenga? ¿Tengo que decidir qué librería usar para el frontend de un sitio? No hay problema. Esto es algo que no se enseña en un curso de programación online. Se aprende forzándose a desafíos constantes, a una exigencia intelectual por momentos apabullante donde uno siente que le sale humo de la cabeza. Y es muy satisfactorio.

A las líneas que puse al principio en mi CV, en la parte de Experiencia Laboral, ahora hay que sumarle otra. Hace casi un año que soy parte de ComunidadFeliz, una startup originada en Chile y en plena expansión por LATAM, donde empecé como Fullstack Developer y actualmente lidero el equipo en el que me inicié (al desarrollo se le suman algunas tareas de gestión y toma de decisiones). 

Los laburos que tuve antes surgieron por una mezcla de azar y oportunidad. Pero lo que hago ahora puedo decir que lo elegí yo mismo y que nunca tuve un día a día tan intelectualmente activo. Cada tarea nueva que se me asigna implica un proceso lógico desde 0, y requiere toda mi creatividad y atención. Se me hace muy similar a jugar al ajedrez, escribir una historia o componer una canción.

Y no hubiera sido posible sin Le Wagon.


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